Devocional para Adultos
15 de Septiembre del 2016
De rodillas - 4
«Por eso puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos». Hebreos 7: 25.
Continuemos con la tercera manera de amar a los perdidos a través de la oración.
3. Trabaja siguiendo la lista. Durante algún tiempo he tenido el nombre de un profesor universitario en mi lista de oración (enseña en otra universidad de las inmediaciones). Estudiamos juntos la Biblia, y pareció que el Espíritu hacía que ahondásemos cada vez más en la Palabra. De repente, se vio precipitado en una crisis personal y nuestros estudios se interrumpieron. Toda tentativa por mi parte de reconectar con él posteriormente fue objeto de desprecio. Así que llegué a la conclusión de que este era uno de esos casos en que le dedicas tus mejores energías y tus oraciones más fervientes, pero aceptas la realidad de que no todo esfuerzo por conducir una persona a Cristo termina en éxito. Y, además, lo que puede que a nosotros nos parezca un fracaso puede resultar que, en realidad, sea estratégico en el ministerio del Espíritu Santo hacia esa persona mucho después de que hayamos desaparecido del escenario y que pueda acabar en una doble victoria para Dios.
Mantuve al profesor universitario en mi lista de oración y seguí presentándolo ante Dios todos los viernes, pidiendo que Dios obrase donde yo no podía. Entonces, una mañana de viernes, estaba yo dando un paseo de oración. (Aunque corro todos los días, he descubierto que incluir un paseo semanal al comienzo de la mañana puede ser un momento reparador y tranquilo para repasar tu lista intercesora con Dios). Aquella mañana pesaba en particular sobre mi corazón el nombre de ese profesor, así que dije: «Dios, no sé si debería tan siquiera seguir intentando ponerme en contacto con él, así que si es tu voluntad para nosotros que volvamos a estar contacto en el estudio de tu Palabra, por favor, haz que él se ponga en contacto conmigo». Dos horas después recibí un correo electrónico de ese profesor que decía: «He echado de menos el tiempo que pasamos juntos. ¿Cuándo podemos empezar a estudiar la Biblia de nuevo? Y esta vez elige tú el tema». ¡Alabado sea Dios! Y lo elegí.
¿Qué quiero decir? Tienes que estar dispuesto a trabajar siguiendo tu lista en nombre de Dios. Sí, debemos orar por los perdidos. Pero, a renglón seguido, debemos estar abiertos a la posibilidad de que Dios necesite usarnos para dar respuesta a nuestras propias oraciones. Dirás: «¡No hay manera de que yo pudiera llegar a estudiar la Biblia con nadie!». Pero no te precipites en descartar lo que el Espíritu pueda hacer a través de ti. En primer lugar, cuentas con la promesa: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil. 4: 13). Y, en segundo lugar, hay un montón de material y de cursillos que Dios puede usar para prepararte. Ora siguiendo tu lista. Trabaja siguiendo tu lista.
Mostrando entradas con la etiqueta devocional para adultos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta devocional para adultos. Mostrar todas las entradas
jueves, 15 de septiembre de 2016
miércoles, 14 de septiembre de 2016
Devocional para Adultos 14 de Septiembre del 2016 De rodillas - 3
Devocional para Adultos
14 de Septiembre del 2016
De rodillas - 3
«Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres […]. Esto es bueno y agradable delante de Dios, nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad». 1 Timoteo 2: 1-4.
WESLEY DUEWEL tiene razón: «Se puede amar a más gente a través de la oración de que ninguna otra manera» (Mighty Prevailing Prayer, p. 116). Si esta es la hora pico de la historia y el mundo avanza entre amigos, ¿qué forma puede haber de amar a nuestros amigos perdidos más potente que a través de la oración? Después de todo, según señala Pablo en nuestro texto de hoy, «esto es bueno y agradable delante de Dios, nuestro Salvador». Por ello, veamos cinco maneras para que ames a los perdidos a través de la oración.
1. Haz una lista. Esta puede incluir tu lista «Mis amigos que necesitan a Jesús», pero no está limitada necesariamente a ella. Yo he decidido combinar todas mis listas de oración en una sola que guardo por separado en mi agenda de oración cotidiana. Esta lista crecerá y llegará a ser larga, porque vas a anotar el nombre de todas las personas, amigas o no, conocidas o no, beneficiarias del deseo de oración que Dios puso en ti. Miembros de familia perdidos, amigos perdidos, compañeros de golf perdidos, alumnos perdidos, maestros perdidos —cualquier persona por la que te intereses que necesite conocer a Cristo y su verdad—, esos son los que figuran en esta lista de oración intercesora. Yo incluyo a desconocidos a los que he conocido a bordo de aviones, y a algunos predicadores muy conocidos a los que nunca he visto en absoluto. Después de todo, Pablo es firme: «Exhorto […] a que se hagan […] peticiones […] por todos los hombres […]. Esto es bueno y agradable delante de Dios, nuestro Salvador».
2. Ora siguiendo la lista. ¿Deberías orar siguiendo esta lista todos los días? Puedes, pero no hace falta. Yo he decidido orar siguiendo mi lista una vez por semana los viernes por la mañana. Pero el quid aquí está en que ¡no sirve de nada tener una lista de oración si no oras siguiéndola! Elena G. de White señala que este tipo de oración intercesora tiene un impacto en nuestra vida. «Al procurar ganar a otros para Cristo, llevando la preocupación por las almas en nuestras oraciones, nuestros propios corazones palpitarán bajo la vivificante influencia de la gracia de Dios; nuestros propios afectos resplandecerán con más divino fervor; nuestra vida cristiana toda será más real, más ferviente, más llena de oración» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 289). Fíjate cuán estrechamente están unidas la vitalidad espiritual y el desarrollo personal con la sintonización con la pasión divina de buscar y salvar a los perdidos mediante la oración intercesora. ¿Por qué? Porque cuando oras por los perdidos por su nombre, pones en práctica la pasión divina del Calvario y sintonizas con su poder carmesí. Sin lugar a dudas, ¡el amor de Dios por los hijos perdidos de la tierra es el mayor poder del universo!
martes, 6 de septiembre de 2016
Listos para debutar - 1, Devocional para Adultos 06 de Septiembre del 2016
Devocional para Adultos
06 de Septiembre del 2016
Listos para debutar - 1
«Cuando llegó el día de Pentecostés estaban todos unánimes juntos. De repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban. Hechos 2: 1, 2.
¿QUÉ OCURRIRÍA SI, mientras estamos arrodillados en la iglesia este sábado, oyéramos, como a la distancia, el gemido de pocos decibelios de un viento lejano? Con los ojos aún cerrados en oración, ahora podemos oírlo con claridad: un gemido y un crujido ventosos in crescendo. De repente, lo que sea se convierte en el traqueteo de un tren de mercancías que se acerca. (En el Medio Oeste de EE. UU. nos han enseñado que eso es el aviso audible de un tornado). Pero, antes de que podamos reaccionar, el viento huracanado parece explotar dentro de nuestro santuario. Pero las lámparas del techo que cabría esperar que estuvieran bamboleándose con un ángulo disparatado cuelgan verticales e inmóviles. No hay viento, ni movimiento de aire alguno, solo el rugido de un furioso tornado dentro de la iglesia.
Entonces la vemos, suspendida en el aire a media altura con respecto al techo: una turbulenta bola de fuego anaranjado, como una cuba de acero fundido borboteante sin una vasija de hierro que lo contenga; fuego líquido suspendido en el aire. Entonces, como si manos invisibles fueran responsables, llameantes tiras delgadas se desprenden de la ardiente bola y salen como una flecha por el aire, subiendo y bajando por cada pasillo y cada banco, hasta que una temblorosa lengua de fuego arde sobre la cabeza de cada fiel. ¡Pentecostés! ¿Qué ocurriría si pasase ahora mismo y aquí mismo?
Hay quienes vienen orando mucho tiempo por un Pentecostés. Lo sé; me he encontrado con algunos. Vinieron dos adultos jóvenes a mi despacho de iglesia y compartieron su ferviente anhelo de que volviera a ocurrir, y se preguntaban por qué no aquí. ¿Les digo que aún no puede suceder? ¿Que este no es el momento debido? ¿Que no somos la generación adecuada para el Pentecostés? Y, además, ¿qué aspecto tendría?
La respuesta se halla en la palabra griega pentecoste, que significa «quincuagésimo día». Se añaden cincuenta días a la Pascua y se llega a Pentecostés. Ambos días santos simbólicos se basaban en una misma pasión divina. Desde las puertas del Edén a la cruz de Cristo —y hasta el día de hoy—, todo acto de Dios, sin excepción, ha sido impulsado por su amor apasionado por los pecadores humanos caídos. Belén, el Calvario, Pentecostés, todo por su pasión carmesí. Por eso, cuando oras por el Pentecostés, pides algo más que simplemente ser henchido del Espíritu Santo: de hecho, suplicas ser colmado de la encendida pasión de Dios por las personas perdidas. Porque, ¿cómo podríamos ser llenos del Espíritu Santo si no estamos llenos de la pasión de Dios?
06 de Septiembre del 2016
Listos para debutar - 1
«Cuando llegó el día de Pentecostés estaban todos unánimes juntos. De repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban. Hechos 2: 1, 2.
¿QUÉ OCURRIRÍA SI, mientras estamos arrodillados en la iglesia este sábado, oyéramos, como a la distancia, el gemido de pocos decibelios de un viento lejano? Con los ojos aún cerrados en oración, ahora podemos oírlo con claridad: un gemido y un crujido ventosos in crescendo. De repente, lo que sea se convierte en el traqueteo de un tren de mercancías que se acerca. (En el Medio Oeste de EE. UU. nos han enseñado que eso es el aviso audible de un tornado). Pero, antes de que podamos reaccionar, el viento huracanado parece explotar dentro de nuestro santuario. Pero las lámparas del techo que cabría esperar que estuvieran bamboleándose con un ángulo disparatado cuelgan verticales e inmóviles. No hay viento, ni movimiento de aire alguno, solo el rugido de un furioso tornado dentro de la iglesia.
Entonces la vemos, suspendida en el aire a media altura con respecto al techo: una turbulenta bola de fuego anaranjado, como una cuba de acero fundido borboteante sin una vasija de hierro que lo contenga; fuego líquido suspendido en el aire. Entonces, como si manos invisibles fueran responsables, llameantes tiras delgadas se desprenden de la ardiente bola y salen como una flecha por el aire, subiendo y bajando por cada pasillo y cada banco, hasta que una temblorosa lengua de fuego arde sobre la cabeza de cada fiel. ¡Pentecostés! ¿Qué ocurriría si pasase ahora mismo y aquí mismo?
Hay quienes vienen orando mucho tiempo por un Pentecostés. Lo sé; me he encontrado con algunos. Vinieron dos adultos jóvenes a mi despacho de iglesia y compartieron su ferviente anhelo de que volviera a ocurrir, y se preguntaban por qué no aquí. ¿Les digo que aún no puede suceder? ¿Que este no es el momento debido? ¿Que no somos la generación adecuada para el Pentecostés? Y, además, ¿qué aspecto tendría?
La respuesta se halla en la palabra griega pentecoste, que significa «quincuagésimo día». Se añaden cincuenta días a la Pascua y se llega a Pentecostés. Ambos días santos simbólicos se basaban en una misma pasión divina. Desde las puertas del Edén a la cruz de Cristo —y hasta el día de hoy—, todo acto de Dios, sin excepción, ha sido impulsado por su amor apasionado por los pecadores humanos caídos. Belén, el Calvario, Pentecostés, todo por su pasión carmesí. Por eso, cuando oras por el Pentecostés, pides algo más que simplemente ser henchido del Espíritu Santo: de hecho, suplicas ser colmado de la encendida pasión de Dios por las personas perdidas. Porque, ¿cómo podríamos ser llenos del Espíritu Santo si no estamos llenos de la pasión de Dios?
domingo, 10 de julio de 2016
sábado, 9 de julio de 2016
miércoles, 6 de julio de 2016
sábado, 2 de julio de 2016
viernes, 1 de julio de 2016
Viernes 1 de julio 2016. Matinal para adultos – ¿Soy yo el guardián de mi hermano? – 1
Viernes 1 de julio 2016. Matinal para adultos – ¿Soy yo el guardián de mi hermano? – 1
«El hombre se unió a su mujer Eva, y ella concibió y dio a luz a Caín. Y dijo: “¡Con la ayuda del Señor, he tenido un hijo varón!”. Después dio a luz a Abel, hermano de Caín. Abel se dedicó a pastorear ovejas, mientras que Caín se dedicó a trabajar la tierra». Génesis 4: 1, 2, NVI
HACE UNOS AÑOS, el Servicio Postal de los Estados Unidos emitió un sello conmemorativo que rendía homenaje a la célebre Boys Town USA [Ciudad de los Muchachos EE. UU.], situada a las afueras de Omaha, Nebraska. Iniciada en 1917 por el Padre Flanagan para un grupo de cinco muchachos vagabundos que se habían fugado de casa y que el sacerdote había acogido, la Ciudad de los Muchachos EE. UU. ha llegado a ser, partiendo de ese humilde comienzo, un centro aclamado internacionalmente por la compasión y el cuidado de muchachos delincuentes y privados de derechos… y hoy también de muchachas. El sello conmemorativo representa a un joven «golfillo» (como los llamaba la generación de mi padre), un granujilla de la calle, de pie, a la entrada de la Ciudad de los Muchachos. Por lo visto, se le ha formulado una pregunta sobre lo que lleva a la espalda y si no es tremendamente pesado. Porque, bajo esa célebre imagen, figura la respuesta del muchacho no tan pequeño: «No es pesado, señor; es mi hermano». En busca de ayuda, el joven había llevado a su hermanito todo el camino andando hasta las puertas de la Ciudad de los Muchachos.
«No es pesado; es mi hermano». ¡Si tan solo hubiéramos oído esas palabras en otras circunstancias mucho tiempo atrás tiempo! No puedes leer el primer «relato familiar» de toda la Biblia y no esperar que quizá esa vez la historia acabe de forma diferente. Pero nunca lo hace.
Hubo una vez, hace muchísimo tiempo, tras una terrible debacle moral, un padre y una madre a los que nacieron dos muchachos. A su hijo mayor lo llamaron «Adquirido» —dado que la madre estaba casi segura que este era «el Hombre» que Dios había prometido enviar al linaje humano para librarlos a todos de la terrible caída de Edén—. (El hebreo pone, literalmente, «He adquirido un hombre Señor», lo que sugiere que Eva esperaba que Caín pudiera ser el Libertador de Génesis 3: 15). Sin embargo, a medida que fue pasando el tiempo y nació un segundo muchacho, se refleja la cruda realidad de una espera quizá muy larga en la forma en que Adán y Eva llamaron a su segundo hijo: «Vanidad/Vapor».
Cuán rápidamente en la familia humana (incluso hoy), callada, dolorosamente a veces, devaluamos nuestros sueños y nuestras esperanzas más queridos de la promesa de liberación a la vanidad de la vacuidad… a solo unos pasos del ara matrimonial del jardín. Sin embargo, ¡qué tranquilizadora es la promesa de que el Dios que nos hizo familia nos llevará sobre su espalda, llena de cicatrices de latigazos, hasta las puertas de la eternidad! «No es pesado; no es pesada; no son pesados: son mis hijos».
jueves, 30 de junio de 2016
Jueves 30 de junio. Matutina adultos – El rostro del Padre
Jueves 30 de junio. Matutina adultos – El rostro del Padre
«Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza. […] ¡Jehová de los ejércitos está con nosotros! ¡Nuestro refugio es el Dios de Jacob!». Salmo 46: 1-7
ESTAS FUERON LAS PALABRAS que inspiraron a Lutero a escribir «Ein feste Burg ist unser Gott» —«Castillo fuerte es nuestro Dios»—, el conmovedor himno de batalla de la Reforma. Y cuando hoy cantamos ese himno, expresamos nuestra esperanza, nuestra fe, nuestra confianza en «el Dios de Jacob», que es nuestro refugio, «Señor de Sabaoth, omnipotente Dios, él triunfa en la batalla». No es de extrañar que el Salmista exclame: «Por tanto, no temeremos».
En Now Is the Hour, Llewellyn Wilcox contó un relato, enmarcado en la Segunda Guerra Mundial, de un padre y su niñita, que huyeron al refugio antiaéreo de su patio trasero durante la guerra relámpago sobre Londres. Sobre ellos llovía la muerte y la destrucción. La niñita estaba asustada. Con la esperanza de que ambos pudieran quedarse dormidos y olvidar su peligro por una noche, el padre puso a su hija en una de las camitas plegables, apagó la luz y se echó en la cama plegable contra la otra pared.
Pero la niña no podía dormirse. El retumbar de los aviones en el cielo, la extrañeza del refugio con sus negras sombras y sin su mamá, era más de lo que podía soportar. «Papá», susurró, tratando de que su voz llegase al otro extremo del habitáculo, «¿estás ahí?».
«Sí, cariño. Aquí estoy. Ahora duérmete», respondió él en voz baja. Y ella lo intentó. Pero, sencillamente, no podía. Y un ratito después aquella vocecita volvió a hablar: «Papá, ¿sigues ahí?». La respuesta de él fue rápida: «Sí, cariño. Estoy aquí. No tengas miedo; simplemente duérmete. Todo va bien». Y durante un tiempo hubo solo silencio, absorto cada cual en sus pensamientos.
Pero, por fin, cuando la quietud y la oscuridad ya no eran soportables, la voz de la pequeña, anhelante de consuelo, habló por tercera vez. «Papá», gritó ella, «por favor, dime solo una cosa más: ¿Tienes el rostro mirando hacia mí?». Y, atravesando la oscuridad, pronto vino la voz de su padre como respuesta: «Sí, cariño. Papá está aquí, y tiene el rostro mirando hacia ti». En un instante la niña se durmió, con la perfecta confianza de un niño pequeño.
«Dios es nuestro amparo y fortaleza […]. Por tanto, no temeremos». Buena noticia para los elegidos en la crisis inminente de la tierra: Con independencia de lo que tengamos por delante, el rostro de nuestro Padre está vuelto hacia nosotros.
miércoles, 29 de junio de 2016
Miércoles 29 de junio 2016 – «Hoy, hoy y hoy». Devocion matutina adultos
Miércoles 29 de junio 2016 – «Hoy, hoy y hoy». Devocion matutina adultos
«Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche. Entonces los cielos pasarán con gran estruendo, los elementos ardiendo serán deshechos y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados,se fundirán!». 2 Pedro 3: 10-12
EL 10 DE NOVIEMBRE DE 1844, un granjero bautista metido a predicador echó mano de su pluma y con un suspiro de congoja garabateó las siguientes palabras. Y cuando las leemos hoy, aunque siguen brillando con una esperanza reflejada, no nos es posible llegar a entender el agudo y amargo desengaño disimulado en su cuidadosa caligrafía. Después de todo, ¿cómo podríamos tú o yo llegar a saber qué supuso haber creído con tan completa confianza y luego haber declarado a todos con tan absoluta certeza que Cristo volvería a la tierra el 22 de octubre? Declarar la predicción de antemano era una cosa. Pero tener que vivir en la secuela de su realidad carente de cumplimiento era algo completamente distinto. ¿Chasqueado? ¡No es de extrañar que lo llamaran el «gran chasco»!
Diecinueve días después de que sus esperanzas quedasen hechas pedazos, William Miller tomó su pluma, allí en su tranquila casa de Low Hampton, Nueva York, y escribió las siguientes palabras a su colega en el ministerio Joshua Himes: «Aunque he llevado dos desengaños, aún no estoy deprimido ni desanimado. Dios ha estado conmigo en espíritu y me ha consolado. Ahora tengo mucha más evidencia de que sí creo en la Palabra de Dios; y […] mi mente está en perfecta calma, y mi esperanza en la venida de Cristo es tan firme como siempre. He hecho únicamente lo que, tras años de sobria consideración, creí que era mi deber solemne hacer. Si he errado, ha sido del lado de la caridad, del amor a mis semejantes y de mi convicción del deber hacia Dios».
Y entonces Miller escribe la nueva fecha en la que ha fijado su esperanza: «Hermanos, retengan lo que tienen, para que ninguno tome su corona. He fijado mi mente en otro momento, y aquí pretendo quedarme hasta que Dios me dé más luz. Y ese momento es Hoy, HOY y HOY, hasta que él venga y yo vea a AQUEL a quien mi alma anhela» (citado en F. D. Nichol, The Midnight Cry, pp. 266, 267).
Ahí lo tienes: el escrito de esperanza escrito en la pared de los elegidos de Dios, la esperanza misma que prendió el movimiento en el que tú y yo nos hemos alistado. «Hoy, HOY y HOY». Pero, por otra parte, ¿se te ocurre un día en el que esperar que venga Jesús mejor que… hoy?
«Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche. Entonces los cielos pasarán con gran estruendo, los elementos ardiendo serán deshechos y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados,se fundirán!». 2 Pedro 3: 10-12
EL 10 DE NOVIEMBRE DE 1844, un granjero bautista metido a predicador echó mano de su pluma y con un suspiro de congoja garabateó las siguientes palabras. Y cuando las leemos hoy, aunque siguen brillando con una esperanza reflejada, no nos es posible llegar a entender el agudo y amargo desengaño disimulado en su cuidadosa caligrafía. Después de todo, ¿cómo podríamos tú o yo llegar a saber qué supuso haber creído con tan completa confianza y luego haber declarado a todos con tan absoluta certeza que Cristo volvería a la tierra el 22 de octubre? Declarar la predicción de antemano era una cosa. Pero tener que vivir en la secuela de su realidad carente de cumplimiento era algo completamente distinto. ¿Chasqueado? ¡No es de extrañar que lo llamaran el «gran chasco»!
Diecinueve días después de que sus esperanzas quedasen hechas pedazos, William Miller tomó su pluma, allí en su tranquila casa de Low Hampton, Nueva York, y escribió las siguientes palabras a su colega en el ministerio Joshua Himes: «Aunque he llevado dos desengaños, aún no estoy deprimido ni desanimado. Dios ha estado conmigo en espíritu y me ha consolado. Ahora tengo mucha más evidencia de que sí creo en la Palabra de Dios; y […] mi mente está en perfecta calma, y mi esperanza en la venida de Cristo es tan firme como siempre. He hecho únicamente lo que, tras años de sobria consideración, creí que era mi deber solemne hacer. Si he errado, ha sido del lado de la caridad, del amor a mis semejantes y de mi convicción del deber hacia Dios».
Y entonces Miller escribe la nueva fecha en la que ha fijado su esperanza: «Hermanos, retengan lo que tienen, para que ninguno tome su corona. He fijado mi mente en otro momento, y aquí pretendo quedarme hasta que Dios me dé más luz. Y ese momento es Hoy, HOY y HOY, hasta que él venga y yo vea a AQUEL a quien mi alma anhela» (citado en F. D. Nichol, The Midnight Cry, pp. 266, 267).
Ahí lo tienes: el escrito de esperanza escrito en la pared de los elegidos de Dios, la esperanza misma que prendió el movimiento en el que tú y yo nos hemos alistado. «Hoy, HOY y HOY». Pero, por otra parte, ¿se te ocurre un día en el que esperar que venga Jesús mejor que… hoy?
martes, 28 de junio de 2016
Devocional para Adultos 28 de Junio ¿Quién lleva las riendas?
Devocional para Adultos
28 de Junio del 2016
¿Quién lleva las riendas?
«Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. Él muda los tiempos y las edades, quita reyes y pone reyes; da la sabiduría a los sabios y la ciencia a los entendidos. Él revela lo profundo y lo escondido, conoce lo que está en tinieblas y con él mora la luz». Daniel 2: 20-22.
RALPH W. EMERSON, sabio del siglo XIX, tuvo esta ocurrencia: «Los acontecimientos llevan las riendas y tienden a ir a lomos de la humanidad». Aunque puede que eso haya sido cierto en su época, ¿está resultando cierto en nuestro siglo XXI? La siguiente vez que escuches al presidente de Estados Unidos en una rueda de prensa, fíjate en la lista de control de acontecimientos que él y los periodistas irán marcando uno a uno: los inmensos desafíos que todo el mundo sabe que afronta esa nación y el resto del mundo. Verdaderamente, ¡«los acontecimientos llevan las riendas»!
Pero los antiguos profetas pedían constantemente a sus audiencias y a sus lectores que recordasen a Alguien más que también lleva las riendas. Entrando a medianoche en aquel palacio de ebria orgía, el anciano profeta Daniel interpretó al petrificado rey Belsasar (sobrio ya del susto) la misteriosa escritura de la pared: «El Altísimo Dios tiene dominio sobre el reino de los hombres, y que pone sobre él al que le place. […] Nunca honraste al Dios en cuya mano está tu vida y de quien son todos tus caminos» (Dan. 5: 21-23). Apenas se habían pronunciado esas palabras, el poderoso imperio de Babilonia se vino abajo a altas horas de esa misma madrugada. «Los acontecimientos llevan las riendas», ¡pero también las lleva Dios!
Y por eso estoy convencido de que podemos afrontar el futuro con esperanza confiada y con tranquila certidumbre. No vale la pena temer a la debacle económica que viene drenando el poderío económico de esta civilización. Si Dios decide restaurar nuestra viabilidad económica en aras de su reino y de su misión en la tierra, lo hará. Por otra parte, si decide permitir que la hemorragia monetaria desangre nuestra vitalidad económica en aras del avance de su reino y de su misión en la tierra, «ni todos los caballos ni todos los hombres del rey» podrán recomponer a Zanco Panco otra vez. Saber que su voluntad se hace en la tierra «como en el cielo» (Mat. 6: 10; Luc. 11: 2) garantiza al que confía en Dios que en nuestras muy presentes circunstancias, Dios sigue alcanzando su propósito supremo y que todas las cosas obran conjuntamente para el bien: «Dios dirige el complicado manejo de los acontecimientos humanos. En medio de la lucha y el tumulto de las naciones, Aquel que se sienta por encima de los querubines todavía dirige los asuntos terrenales» (La educación, cap. 19, p. 161). ¡Hay lugar para la esperanza en la silla de montar!
28 de Junio del 2016
¿Quién lleva las riendas?
«Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. Él muda los tiempos y las edades, quita reyes y pone reyes; da la sabiduría a los sabios y la ciencia a los entendidos. Él revela lo profundo y lo escondido, conoce lo que está en tinieblas y con él mora la luz». Daniel 2: 20-22.
RALPH W. EMERSON, sabio del siglo XIX, tuvo esta ocurrencia: «Los acontecimientos llevan las riendas y tienden a ir a lomos de la humanidad». Aunque puede que eso haya sido cierto en su época, ¿está resultando cierto en nuestro siglo XXI? La siguiente vez que escuches al presidente de Estados Unidos en una rueda de prensa, fíjate en la lista de control de acontecimientos que él y los periodistas irán marcando uno a uno: los inmensos desafíos que todo el mundo sabe que afronta esa nación y el resto del mundo. Verdaderamente, ¡«los acontecimientos llevan las riendas»!
Pero los antiguos profetas pedían constantemente a sus audiencias y a sus lectores que recordasen a Alguien más que también lleva las riendas. Entrando a medianoche en aquel palacio de ebria orgía, el anciano profeta Daniel interpretó al petrificado rey Belsasar (sobrio ya del susto) la misteriosa escritura de la pared: «El Altísimo Dios tiene dominio sobre el reino de los hombres, y que pone sobre él al que le place. […] Nunca honraste al Dios en cuya mano está tu vida y de quien son todos tus caminos» (Dan. 5: 21-23). Apenas se habían pronunciado esas palabras, el poderoso imperio de Babilonia se vino abajo a altas horas de esa misma madrugada. «Los acontecimientos llevan las riendas», ¡pero también las lleva Dios!
Y por eso estoy convencido de que podemos afrontar el futuro con esperanza confiada y con tranquila certidumbre. No vale la pena temer a la debacle económica que viene drenando el poderío económico de esta civilización. Si Dios decide restaurar nuestra viabilidad económica en aras de su reino y de su misión en la tierra, lo hará. Por otra parte, si decide permitir que la hemorragia monetaria desangre nuestra vitalidad económica en aras del avance de su reino y de su misión en la tierra, «ni todos los caballos ni todos los hombres del rey» podrán recomponer a Zanco Panco otra vez. Saber que su voluntad se hace en la tierra «como en el cielo» (Mat. 6: 10; Luc. 11: 2) garantiza al que confía en Dios que en nuestras muy presentes circunstancias, Dios sigue alcanzando su propósito supremo y que todas las cosas obran conjuntamente para el bien: «Dios dirige el complicado manejo de los acontecimientos humanos. En medio de la lucha y el tumulto de las naciones, Aquel que se sienta por encima de los querubines todavía dirige los asuntos terrenales» (La educación, cap. 19, p. 161). ¡Hay lugar para la esperanza en la silla de montar!
lunes, 27 de junio de 2016
Devocional para Adultos 27 Junio. Entropía crónica
Devocional para Adultos
27 de Junio del 2016
Entropía crónica
«Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo». Juan 16: 33.
ME ENCONTRABA AFUERA de mi casa, caminando en medio del frío de Míchigan antes del amanecer, pensando en la avalancha de titulares interminables a los que últimamente estamos acostumbrados. Y mientras reflexionaba en todo ello, me vinieron a la mente dos palabras: «Entropía», una palabra que los científicos han metido en la segunda ley de la termodinámica para describir la desintegración gradual que experimenta nuestro universo, que va degradándose, lenta pero implacablemente, hacia el desorden. Con «entropía», también me vino a la cabeza la palabra «crónica» (como en la tos o el dolor de cabeza crónicos), porque, ¿cómo, si no, se puede explicar la incesante marcha de malas noticias que se ha convertido en nuestro pan de cada día? Así, en estos días, «entropía crónica» se convierte en una descripción adecuada de la vida en el planeta, que marcha incesantemente hacia la desintegración. ¿No estás de acuerdo?
No es una noción muy alegre, lo entiendo. Y por eso, a ese par de palabras es preciso que le añadamos otro rápidamente. Porque si leemos correctamente las porciones apocalípticas de las Sagradas Escrituras (Mateo 24, Marcos 13 y Lucas 21, junto con Daniel y el Apocalipsis), la entropía crónica que todas describen no es más que el heraldo del segundo advenimiento de Cristo y de la restauración final de todo el cosmos previamente destinado a la desintegración. Y eso quiere decir que el más lamentable de los titulares con los que vivimos estos días —desde la debacle económica y moral de la sociedad hasta la desintegración ecológica y eclesiástica del mundo— es la certidumbre profética de que, pisando los talones de la peor noticia, viene la promesa de la mejor noticia de todas: el pronto regreso de Jesús. «Entropía crónica», te presento a otro par de palabras: ¡«Esperanza bienaventurada»!
No es de extrañar que, en la víspera misma de su propia muerte, Jesús pudiera hacernos un llamamiento a una confianza tan optimista: «En el mundo van a afrontar un titular debilitante tras otro, pero no importa; tengan buen ánimo, porque yo he vencido a la entropía crónica de este siglo; y voy a volver por ustedes» (ver Juan 14: 1-3; 16: 33).
Sopesa esta reflexión sobre la promesa de Jesús: «Con independencia de cuál pueda ser la tribulación que nos sobrevenga en el mundo, hemos de tener buen ánimo, sabiendo que Cristo ha vencido al mundo. Tendremos tribulación en el mundo, pero paz en Jesucristo. Volved los ojos, apartándolos de vuestro interior, y recurrid a Jesús, que es vuestro único ayudador» (Review and Herald, 19 de mayo de 1896).
«Entropía crónica», te presento al Salvador y ¡ten buen ánimo!
27 de Junio del 2016
Entropía crónica
«Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo». Juan 16: 33.
ME ENCONTRABA AFUERA de mi casa, caminando en medio del frío de Míchigan antes del amanecer, pensando en la avalancha de titulares interminables a los que últimamente estamos acostumbrados. Y mientras reflexionaba en todo ello, me vinieron a la mente dos palabras: «Entropía», una palabra que los científicos han metido en la segunda ley de la termodinámica para describir la desintegración gradual que experimenta nuestro universo, que va degradándose, lenta pero implacablemente, hacia el desorden. Con «entropía», también me vino a la cabeza la palabra «crónica» (como en la tos o el dolor de cabeza crónicos), porque, ¿cómo, si no, se puede explicar la incesante marcha de malas noticias que se ha convertido en nuestro pan de cada día? Así, en estos días, «entropía crónica» se convierte en una descripción adecuada de la vida en el planeta, que marcha incesantemente hacia la desintegración. ¿No estás de acuerdo?
No es una noción muy alegre, lo entiendo. Y por eso, a ese par de palabras es preciso que le añadamos otro rápidamente. Porque si leemos correctamente las porciones apocalípticas de las Sagradas Escrituras (Mateo 24, Marcos 13 y Lucas 21, junto con Daniel y el Apocalipsis), la entropía crónica que todas describen no es más que el heraldo del segundo advenimiento de Cristo y de la restauración final de todo el cosmos previamente destinado a la desintegración. Y eso quiere decir que el más lamentable de los titulares con los que vivimos estos días —desde la debacle económica y moral de la sociedad hasta la desintegración ecológica y eclesiástica del mundo— es la certidumbre profética de que, pisando los talones de la peor noticia, viene la promesa de la mejor noticia de todas: el pronto regreso de Jesús. «Entropía crónica», te presento a otro par de palabras: ¡«Esperanza bienaventurada»!
No es de extrañar que, en la víspera misma de su propia muerte, Jesús pudiera hacernos un llamamiento a una confianza tan optimista: «En el mundo van a afrontar un titular debilitante tras otro, pero no importa; tengan buen ánimo, porque yo he vencido a la entropía crónica de este siglo; y voy a volver por ustedes» (ver Juan 14: 1-3; 16: 33).
Sopesa esta reflexión sobre la promesa de Jesús: «Con independencia de cuál pueda ser la tribulación que nos sobrevenga en el mundo, hemos de tener buen ánimo, sabiendo que Cristo ha vencido al mundo. Tendremos tribulación en el mundo, pero paz en Jesucristo. Volved los ojos, apartándolos de vuestro interior, y recurrid a Jesús, que es vuestro único ayudador» (Review and Herald, 19 de mayo de 1896).
«Entropía crónica», te presento al Salvador y ¡ten buen ánimo!
sábado, 25 de junio de 2016
Domingo 26 de junio. Matinal adultos – Complacidos con demasiada facilidad
Domingo 26 de junio. Matinal adultos – Complacidos con demasiada facilidad
«Antes bien, como está escrito: “Cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman”». 1 Corintios 2: 9
EN EL PUEBLO DONDE vivo, ¡es uno de nuestros vecinos favoritos! Después de todo, ¿a quién no le gusta tener por vecino a un hombre que puede tomar un pincel y transformar una paleta de colores pegajosos en un impresionante panorama? Simplemente pregunta a la gente del Museo Nacional del Aire y del Espacio de la Institución Smithsonian, sito en Washington, D. C., donde el imponente lienzo del paisaje lunar, obra de Nathan Greene, adorna una de las paredes de la exposición. He tenido el privilegio de que el prodigioso arte de Nathan adorne las tapas de cuatro libros que he escrito. Y colgado junto a la puerta de mi despacho de iglesia está su conmovedora representación, titulada «Intercediendo siempre», de Jesús postrado en oración sobre la curvatura de la Tierra.
Pero una de las obras de arte más populares de Nathan Greene es la titulada «El León y el Cordero». Una de mis feligresas eligió ese lienzo como un regalo en recuerdo de su esposo, y ahora está colgado donde todos pueden verlo junto a un lugar de paso muy transitado en la Iglesia Pioneer Memorial. Nathan ha imaginado una escena futura del cielo, en la que el amigable Jesús está rodeado de niños, con una niñita sentada en sus brazos y apoyada en su pecho. A los pies del Salvador está echado un enorme león; ¡menudo minino! Y al lado de ese rey de la selva se encuentra un rizoso cordero negro. «No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte» (Isa. 11: 9).
El cielo. Como nos recuerda nuestro texto de hoy, es simplemente imposible que nuestra mente finita y caída abarque, y menos que visualice, las glorias de ese paraíso que Dios tiene reservado para sus elegidos, sus amigos de esta tierra. Pero, aunque lleve nuestra imaginación hasta su límite más elevado, nunca debemos permitir que lleguemos a volvernos tan cínicos con los paisajes rotos y las atracciones de pacotilla de este mundo que acabemos cambiando la esperanza del cielo por la miserable inmediatez de los mismos.
S. Lewis se preguntó un día por qué no nos ocupamos más en la absolutamente gloriosa esperanza del cielo: «Si consideramos las promesas de recompensa, dichas con tal falta de rubor, y la naturaleza pasmosa de las recompensas prometidas en los Evangelios, parecería que nuestro Señor encuentra nuestros deseos no demasiado fuertes, sino demasiado débiles. Somos criaturas tibias, que hacen el ridículo con la bebida, el sexo y la ambición cuando se nos ofrece gozo infinito, como un niño ignorante que quiere seguir haciendo pasteles de barro junto a una choza porque no puede imaginarse qué significa el ofrecimiento de unas vacaciones junto al mar. Se nos complace con demasiada facilidad» (The Weight of Glory, p. 4). ¿No es así?
«Antes bien, como está escrito: “Cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman”». 1 Corintios 2: 9
EN EL PUEBLO DONDE vivo, ¡es uno de nuestros vecinos favoritos! Después de todo, ¿a quién no le gusta tener por vecino a un hombre que puede tomar un pincel y transformar una paleta de colores pegajosos en un impresionante panorama? Simplemente pregunta a la gente del Museo Nacional del Aire y del Espacio de la Institución Smithsonian, sito en Washington, D. C., donde el imponente lienzo del paisaje lunar, obra de Nathan Greene, adorna una de las paredes de la exposición. He tenido el privilegio de que el prodigioso arte de Nathan adorne las tapas de cuatro libros que he escrito. Y colgado junto a la puerta de mi despacho de iglesia está su conmovedora representación, titulada «Intercediendo siempre», de Jesús postrado en oración sobre la curvatura de la Tierra.
Pero una de las obras de arte más populares de Nathan Greene es la titulada «El León y el Cordero». Una de mis feligresas eligió ese lienzo como un regalo en recuerdo de su esposo, y ahora está colgado donde todos pueden verlo junto a un lugar de paso muy transitado en la Iglesia Pioneer Memorial. Nathan ha imaginado una escena futura del cielo, en la que el amigable Jesús está rodeado de niños, con una niñita sentada en sus brazos y apoyada en su pecho. A los pies del Salvador está echado un enorme león; ¡menudo minino! Y al lado de ese rey de la selva se encuentra un rizoso cordero negro. «No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte» (Isa. 11: 9).
El cielo. Como nos recuerda nuestro texto de hoy, es simplemente imposible que nuestra mente finita y caída abarque, y menos que visualice, las glorias de ese paraíso que Dios tiene reservado para sus elegidos, sus amigos de esta tierra. Pero, aunque lleve nuestra imaginación hasta su límite más elevado, nunca debemos permitir que lleguemos a volvernos tan cínicos con los paisajes rotos y las atracciones de pacotilla de este mundo que acabemos cambiando la esperanza del cielo por la miserable inmediatez de los mismos.
S. Lewis se preguntó un día por qué no nos ocupamos más en la absolutamente gloriosa esperanza del cielo: «Si consideramos las promesas de recompensa, dichas con tal falta de rubor, y la naturaleza pasmosa de las recompensas prometidas en los Evangelios, parecería que nuestro Señor encuentra nuestros deseos no demasiado fuertes, sino demasiado débiles. Somos criaturas tibias, que hacen el ridículo con la bebida, el sexo y la ambición cuando se nos ofrece gozo infinito, como un niño ignorante que quiere seguir haciendo pasteles de barro junto a una choza porque no puede imaginarse qué significa el ofrecimiento de unas vacaciones junto al mar. Se nos complace con demasiada facilidad» (The Weight of Glory, p. 4). ¿No es así?
Sábado 25 de junio. Matutina para adultos – «Rumbo al hogar»
Sábado 25 de junio. Matutina para adultos – «Rumbo al hogar»
«Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado y el mar ya no existía más. […] Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron». Apocalipsis 21: 1, 4
UNA DE MIS PIEZAS CLÁSICAS favoritas es la obra de Antonín Dvorak: su «Sinfonía nº 9 en mi menor» a la que dio el nombre «Del Nuevo Mundo». Hoy se la conoce como «Sinfonía del Nuevo Mundo». La mayoría estamos especialmente familiarizados con la porción del largo, y confieso que el largo es la parte que me encanta canturrear. Especialmente desde que un letrista escribió unas palabras para acompañarlo que, traducidas al español, dicen: «Rumbo al hogar, rumbo al hogar, Señor, voy rumbo al hogar. Rumbo al hogar, rumbo al hogar, Señor, voy rumbo al hogar».
¿Crees que en el fondo de cada corazón humano hay un instinto puesto por Dios, un persistente anhelo de volver a casa? ¿Pudiera ser que el «Rumbo al hogar» sea la letra de esa melodía sin palabras cantada en todas las lenguas y en todos los pueblos de la tierra? Después de todo, ¿no señaló el sabio que Dios «ha puesto eternidad en el corazón del hombre» (Ecl. 3: 11)? Y el corazón, ¡cuánto anhela y sueña el corazón con un lugar mejor que este al que llamar hogar!, ¿no crees?
Por esa razón es tan querida la descripción dada por Juan de la tierra nueva en nuestro texto de hoy y la citamos tan a menudo cuando nos reunimos con pesar para enterrar a nuestros muertos. Sin embargo, ¿te has fijado en que Juan tiene que recurrir a lo negativo para que captemos lo positivo? «¡Deja que te cuente lo que no habrá allí!». Ya no habrá lágrimas, ni muerte, ni pena, ni llanto ni dolor. Ya no habrá hospitales, ni tribunales de pleitos matrimoniales, ni cárceles, ni delitos, ni guerra. No, no, no.
Harry Blamires reflexiona de forma conmovedora: «¡Si tan solo pudiéramos tener las cosas positivas de la vida terrenal sin las negativas! Pero eso precisamente ofrece el cielo: la eliminación de las negativas [… En el cielo] ambos [el pecado humano y el dominio del tiempo] serán barridos. Aquí abajo, el tiempo marchita las flores y la belleza humana, fomenta la evaporación de las buenas intenciones, nos priva de nuestros seres queridos. Dentro del universo gobernado por el tiempo, el matrimonio más feliz acaba en la muerte, la mujer más hermosa se convierte en un esqueleto. Marchitarse y envejecer, perder y fallar, verse privado y frustrado: estos son los aspectos negativos de la vida en el tiempo. La vida en la eternidad nos librará de toda pérdida, de toda privación» («The Eternal Weight of Glory», Christianity Today, 27 de mayo de 1991, p. 30). No es de extrañar que la distante melodía «Rumbo al hogar» siga sonando en nuestro corazón.
«Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado y el mar ya no existía más. […] Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron». Apocalipsis 21: 1, 4
UNA DE MIS PIEZAS CLÁSICAS favoritas es la obra de Antonín Dvorak: su «Sinfonía nº 9 en mi menor» a la que dio el nombre «Del Nuevo Mundo». Hoy se la conoce como «Sinfonía del Nuevo Mundo». La mayoría estamos especialmente familiarizados con la porción del largo, y confieso que el largo es la parte que me encanta canturrear. Especialmente desde que un letrista escribió unas palabras para acompañarlo que, traducidas al español, dicen: «Rumbo al hogar, rumbo al hogar, Señor, voy rumbo al hogar. Rumbo al hogar, rumbo al hogar, Señor, voy rumbo al hogar».
¿Crees que en el fondo de cada corazón humano hay un instinto puesto por Dios, un persistente anhelo de volver a casa? ¿Pudiera ser que el «Rumbo al hogar» sea la letra de esa melodía sin palabras cantada en todas las lenguas y en todos los pueblos de la tierra? Después de todo, ¿no señaló el sabio que Dios «ha puesto eternidad en el corazón del hombre» (Ecl. 3: 11)? Y el corazón, ¡cuánto anhela y sueña el corazón con un lugar mejor que este al que llamar hogar!, ¿no crees?
Por esa razón es tan querida la descripción dada por Juan de la tierra nueva en nuestro texto de hoy y la citamos tan a menudo cuando nos reunimos con pesar para enterrar a nuestros muertos. Sin embargo, ¿te has fijado en que Juan tiene que recurrir a lo negativo para que captemos lo positivo? «¡Deja que te cuente lo que no habrá allí!». Ya no habrá lágrimas, ni muerte, ni pena, ni llanto ni dolor. Ya no habrá hospitales, ni tribunales de pleitos matrimoniales, ni cárceles, ni delitos, ni guerra. No, no, no.
Harry Blamires reflexiona de forma conmovedora: «¡Si tan solo pudiéramos tener las cosas positivas de la vida terrenal sin las negativas! Pero eso precisamente ofrece el cielo: la eliminación de las negativas [… En el cielo] ambos [el pecado humano y el dominio del tiempo] serán barridos. Aquí abajo, el tiempo marchita las flores y la belleza humana, fomenta la evaporación de las buenas intenciones, nos priva de nuestros seres queridos. Dentro del universo gobernado por el tiempo, el matrimonio más feliz acaba en la muerte, la mujer más hermosa se convierte en un esqueleto. Marchitarse y envejecer, perder y fallar, verse privado y frustrado: estos son los aspectos negativos de la vida en el tiempo. La vida en la eternidad nos librará de toda pérdida, de toda privación» («The Eternal Weight of Glory», Christianity Today, 27 de mayo de 1991, p. 30). No es de extrañar que la distante melodía «Rumbo al hogar» siga sonando en nuestro corazón.
viernes, 24 de junio de 2016
Viernes 24 de junio 2016 –«Imagina». Devoción matutina para adultos
Viernes 24 de junio 2016 –«Imagina». Devoción matutina para adultos
«Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra. De lo pasado no habrá memoria ni vendrá al pensamiento. Isaías 65: 17
HASTA JOHN LENNON SOÑÓ con el cielo antes de morir en un charco de su propia sangre en una fría acera de Nueva York. Meses antes de que fuera trágicamente abatido a tiros, Lennon escribió, compuso y cantó lo que se convirtió en su obra solista más popular, «Imagine». Entre las líneas de su composición, ¿puedes oír una melancólica petición de un cielo en la tierra? La traducción de su letra al español viene a decir: «Imagina que no hay cielo/Es fácil si lo intentas/Sin infierno bajo nosotros/encima de nosotros, solo el cielo/Imagina a toda la gente/ Viviendo el día a día/Imagina que no hay países/No es difícil hacerlo/Nada por lo que matar o morir/Ni tampoco religión/Imagina a toda la gente viviendo la vida en paz/Puedes decir que soy un soñador/Pero no soy el único/Espero que algún día te unas a nosotros/Y el mundo será uno solo».
¡Si tan solo John Lennon hubiera sabido que el cielo y la tierra mismos con los que él soñaba ya habían sido prometidos, de hecho, hace muchísimo tiempo! En el texto de hoy, Dios declara lo que Lennon deseaba con tanta melancolía, lo que también Dios viene anhelando: un mundo nuevecito en el que los viejos usos y costumbres hayan dejado de ser por los siglos de los siglos. Amén.
Pero, ¿te fijaste en que la tierra nueva que Dios anuncia lo será hasta tal punto que de «lo pasado no habrá memoria ni vendrá al pensamiento»? Una vez estudiaba yo la Biblia con un hombre que leyó este texto y quiso saber por qué Dios iba a dejar nuestros recuerdos en blanco. Pero en realidad Isaías está empleando una figura retórica que usa Jeremías unas páginas después cuando el profeta escribe: «No vendrá al pensamiento ni se acordarán de ella, no la echarán de menos» (Jer. 3: 16).
En otras palabras, cuando Dios cree el cielo nuevo y la tierra nueva con su nueva sociedad, nadie va a cantar melancólicamente lo contrario del deseo de Lennon: «Imagina que hay cáncer / Es fácil si lo intentas / Imagina que hay homicidios y violaciones y atracos a escondidas / Imagina que hay más asesinato, guerras y morgues, y tribunales / Puedes decir que soy un soñador / Pero no soy el único / Espero que algún día podamos volver a cuando el mundo estaba echado a perder».
Esa vieja tierra enferma, decrépita, disfuncional y muerta ¡nunca será echada de menos, ni será recordada nuevamente con anhelo! Tan absoluta y totalmente emocionados estaremos con la prístina nueva creación de Dios que ni un solo amigo redimido de Dios imaginará ni una vez tan siquiera acercarse a Jesús y preguntarle si podríamos repetir la desgraciada rebelión que le dio sus cicatrices. ¡Te lo puedes imaginar!
miércoles, 22 de junio de 2016
Jueves 23 de junio – El reino no mágico – 2. Devoción matutina para adultos
Jueves 23 de junio – El reino no mágico – 2. Devoción matutina para adultos
«Antes bien, anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se avergonzó de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad».Hebreos 11: 16, NVI
TED DEKKER, EN The Slumber of Christianity: Awakening a Passion for Heaven on Earth, realiza una perspicaz observación sobre la esperanza. «¿Qué eleva nuestras emociones y qué las echa por tierra? ¿Qué nos hace saltar de alegría y qué nos lanza al pozo del profundo desánimo? Las respuestas son sorprendentemente simples: La esperanza. Y la desesperanza. […] Si piensas en qué cambia tu estado de ánimo de una situación de felicidad a una de tristeza, siempre encontrarás la desesperanza». Y luego describe la esperanza: «La esperanza es la fuerza primaria que mueve a los seres humanos de hora en hora. El deseo de un simple placer, un abrazo, un beso […]. La salud restaurada de un niño enfermo o de una madre que está entrando en años. Estas figuran entre las muchas esperanzas que motivan nuestra vida cotidiana. Todo lo que hacemos está movido por la esperanza o la desesperanza de una u otra forma» (pp. 34, 35).
Si eso es verdad —y tengo la sensación de que estaríamos de acuerdo—, ¿qué pasaría si dedicásemos tiempo cada día a meditar en la esperanza del cielo —mediante un canto, un poema, algo de música, una promesa bíblica o dos—? ¿Qué pasaría si apartásemos nuestra mente de las incesantes malas noticias de una economía quebrada, de un mundo patas arriba, de un ecosistema en apuros, de una cultura moralmente insolvente, si nos apartásemos del cotidiano menú carente de esperanza de los medios de comunicación y centrásemos la mente, en cambio, en esa «patria […] celestial», según lo expresa nuestro texto de hoy, esa ciudad y esa tierra eternas que Dios ha prometido a sus amigos? ¡Sería una inyección de esperanza! No durante horas, sino unos momentos cada nueva mañana durante el culto, ¿qué pasaría si soñásemos con el cielo?
«Pablo tuvo una visión del cielo, y al ocuparse de las glorias de allí, lo mejor que podía hacer era no tratar de describirlas. Nos dice que ojo no había visto ni oído escuchado, ni han subido en corazón de hombre, las cosas que Dios ha preparado para los que le aman. De modo que podéis llegar al límite de vuestra imaginación, podéis usar vuestras facultades hasta lo máximo para que abarquen y consideren el eterno peso de gloria, y sin embargo vuestros sentidos limitados, desfallecientes y cansados con el esfuerzo, no pueden captarlo porque hay un infinito más allá. Se necesitará de toda la eternidad para desplegar las glorias y revelar los preciosos tesoros de la Palabra de Dios» (Comentario bíblico adventista del séptimo día, «Comentarios de Elena G. de White», t. 6, p. 1107; la cursiva es nuestra). Se necesitará toda la eternidad, ¡pero eso no quiere decir que no podamos empezar hoy! Así que pon al límite tu imaginación del cielo ahora mismo y deja que el Espíritu te inyecte una nueva dosis de esperanza.
Devocional de Adultos, Miércoles 22 Junio : El reino no mágico - 1
Miércoles 22 de junio 2016 | Devoción Matutina para Adultos 2016 | El reino no mágico -1
La esperanza de los elegidos
“En la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, creyéndolo y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra”. Hebreos 11:13
¿QUÉ TIENE DISNEYLANDIA que capta la fantasía de jóvenes y adultos por igual?
Recuerdo la primera vez que mis ojos contemplaron ese parque temático. Yo era el hijo de cinco años de un misionero que nunca había pisado suelo estadounidense en su vida al que sus tíos anunciaron: “Bienvenido a los Estados Unidos; ¡te vamos a llevar a Disneylandia!” Hoy Disney World es el mayor parque de atracciones del mundo, movido (desde 1987) por una campaña de mercadotecnia insuperable. Después de que se anuncia el jugador de fútbol americano más valioso en la final de la NFL, o Super Bowl, y este se ve rodeado por un grupo de periodistas y de cámaras, uno de los agentes puestos por Disney grita una pregunta oída en directo por televisión en el mundo entero: “Oye, acabas de ganar el Super Bowl. ¿Qué vas a hacer ahora?” Y el MVP, acrónimo inglés de “jugador más valioso” (todos los jugadores ensayan con Disney antes del partido), conoce la respuesta: “¡Me voy a Disney Worldl” (si el equipo es del Este) o “¡Me voy a Disneylandia!” (si es del Oeste). Tremendamente habilidosa mercadotecnia esta capitalización de los grandes héroes deportivos de los niños.
Pero, ¿sabías que Disney simplemente arrancó una página del manual de estrategia del propio Dios? Este lleva milenios usando a sus héroes para publicitar su reino, no mágico sino real. ¡Lee simplemente el capítulo de la Biblia que contiene el Salón de la Fama! Nuestro texto de hoy resume la vida de los mayores ciudadanos de la tierra: Abel, Enoc, Noé, Abraham y Sara, Isaac, Jacob, José, Moisés, Rahab, Gedeón, Sansón, David (por nombrar algunos), con la salvedad de que todos ellos se consideraban “extranjeros y peregrinos” en la tierra. ¿Por qué? Porque tenían su esperanza puesta en otra tierra, en otro reino. Y precisamente esa esperanza alimentaba su vida.
Me encanta viajar. Pero, para mí, la mejor parte es el regreso a casa. Cuando aterrizas en un país extranjero, lo extranjero no es el país: ¡eres tú! Y te lo recuerdan en el control de pasaportes: “Fila para extranjeros”. Pero cuando vuelvo a casa, el (aveces) jovial “¡Bienvenido a casa!” del agente coincide con mi propio ánimo alegre. ¡Al fin estoy en casa!
Como los amigos de Dios a lo largo de la historia sagrada, tú y yo somos extranjeros, forasteros en esta tierra, peregrinos que van de camino, contando los días hasta que nuestro Salvador regrese. Así que cuando te pregunten qué vas a hacer ahora, puedes gritarlo con gozosa esperanza: “¡Me estoy preparando para ir a casa!”
DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2016
ELEGIDOS
El sueño de Dios para ti
Por: Dwight K. Nelson
Lecturas devocionales para Adultos 2016
La esperanza de los elegidos
“En la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, creyéndolo y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra”. Hebreos 11:13
¿QUÉ TIENE DISNEYLANDIA que capta la fantasía de jóvenes y adultos por igual?
Recuerdo la primera vez que mis ojos contemplaron ese parque temático. Yo era el hijo de cinco años de un misionero que nunca había pisado suelo estadounidense en su vida al que sus tíos anunciaron: “Bienvenido a los Estados Unidos; ¡te vamos a llevar a Disneylandia!” Hoy Disney World es el mayor parque de atracciones del mundo, movido (desde 1987) por una campaña de mercadotecnia insuperable. Después de que se anuncia el jugador de fútbol americano más valioso en la final de la NFL, o Super Bowl, y este se ve rodeado por un grupo de periodistas y de cámaras, uno de los agentes puestos por Disney grita una pregunta oída en directo por televisión en el mundo entero: “Oye, acabas de ganar el Super Bowl. ¿Qué vas a hacer ahora?” Y el MVP, acrónimo inglés de “jugador más valioso” (todos los jugadores ensayan con Disney antes del partido), conoce la respuesta: “¡Me voy a Disney Worldl” (si el equipo es del Este) o “¡Me voy a Disneylandia!” (si es del Oeste). Tremendamente habilidosa mercadotecnia esta capitalización de los grandes héroes deportivos de los niños.
Pero, ¿sabías que Disney simplemente arrancó una página del manual de estrategia del propio Dios? Este lleva milenios usando a sus héroes para publicitar su reino, no mágico sino real. ¡Lee simplemente el capítulo de la Biblia que contiene el Salón de la Fama! Nuestro texto de hoy resume la vida de los mayores ciudadanos de la tierra: Abel, Enoc, Noé, Abraham y Sara, Isaac, Jacob, José, Moisés, Rahab, Gedeón, Sansón, David (por nombrar algunos), con la salvedad de que todos ellos se consideraban “extranjeros y peregrinos” en la tierra. ¿Por qué? Porque tenían su esperanza puesta en otra tierra, en otro reino. Y precisamente esa esperanza alimentaba su vida.
Me encanta viajar. Pero, para mí, la mejor parte es el regreso a casa. Cuando aterrizas en un país extranjero, lo extranjero no es el país: ¡eres tú! Y te lo recuerdan en el control de pasaportes: “Fila para extranjeros”. Pero cuando vuelvo a casa, el (aveces) jovial “¡Bienvenido a casa!” del agente coincide con mi propio ánimo alegre. ¡Al fin estoy en casa!
Como los amigos de Dios a lo largo de la historia sagrada, tú y yo somos extranjeros, forasteros en esta tierra, peregrinos que van de camino, contando los días hasta que nuestro Salvador regrese. Así que cuando te pregunten qué vas a hacer ahora, puedes gritarlo con gozosa esperanza: “¡Me estoy preparando para ir a casa!”
DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2016
ELEGIDOS
El sueño de Dios para ti
Por: Dwight K. Nelson
Lecturas devocionales para Adultos 2016
martes, 21 de junio de 2016
Devocional para Adultos 21; Esperanza de Ganchillo
Devocional para Adultos
21 de Junio del 2016
Esperanza de ganchillo
«Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén». Efesios 3: 20, 21.
SEGÚN OBSERVÓ con fino humor británico The Guardian de Londres, «con independencia de los defectos que Maria D’Antuono pueda tener, desaprovechar el tiempo no se encuentra entre ellos». La mujer de 98 años fue uno de los pocos supervivientes que fueron sacados de entre los escombros del terremoto de magnitud 6,3 que sacudió la Italia central. Durante treinta horas oscuras e interminables yació atrapada bajo las ruinas de su hogar, no lejos del epicentro de L’Aquila. ¡Pero la encontraron! Y cuando la anciana fue puesta a salvo entre las aclamaciones del gentío expectante, alguien le preguntó qué había hecho para pasar las horas mientras aguardaba el rescate con esperanza. «Bueno, ¡ganchillo, naturalmente!». Se le vino el mundo encima todo a su alrededor, pero la matriarca de 98 años sobrevivió con una aguja de ganchillo, un ovillo de hilo y un corazón lleno de esperanza.
Ni siquiera un terremoto puede sepultar la esperanza. «De pronto hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo y, acercándose, removió la piedra y se sentó sobre ella» (Mat. 28: 2). Sus enemigos podrían haber amontonado mil montes como el Everest encima del sepulcro de Jesús en el huerto, pero habría dado igual, porque ni siquiera un terremoto puede enterrar la esperanza. Y cuando salió de aquella cripta agitada por el temblor y declaró sobre los escombros antes del amanecer «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11: 25), se garantizó para siempre la esperanza última de la humanidad. La muerte puede enterrarnos, pero la esperanza aún puede resurgir en el poder del Salvador resucitado.
¿Y cambian en algo las cosas para el sinnúmero de crisis que se nos echan encima, enterrándonos bajo su peso aplastante, que deja sepultadas tanto la vida como la esperanza? Emocional, económica, social, física, espiritualmente, puede que te sientas ahora mismo enterrado entre los escombros. Sin salida del desplome, sin esperanza de rescate, sin promesa de resurrección. Pero no repitas el error de cálculo de los once discípulos que descuidaron tener en cuenta el poder de la omnipotencia divina en su crisis. Porque solo después descubrieron que, con independencia de lo pesada que sea la roca que nos sepulta, el Cristo resucitado puede hacerla rodar.
Así que pon el dedo en esta promesa de resurrección y «haz ganchillo» de tu futuro con una nueva esperanza: «Dios […] puede hacer muchísimo más de lo que nosotros pedimos o pensamos, gracias a su poder que actúa en nosotros» (Efe. 3: 20, DHH).
21 de Junio del 2016
Esperanza de ganchillo
«Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén». Efesios 3: 20, 21.
SEGÚN OBSERVÓ con fino humor británico The Guardian de Londres, «con independencia de los defectos que Maria D’Antuono pueda tener, desaprovechar el tiempo no se encuentra entre ellos». La mujer de 98 años fue uno de los pocos supervivientes que fueron sacados de entre los escombros del terremoto de magnitud 6,3 que sacudió la Italia central. Durante treinta horas oscuras e interminables yació atrapada bajo las ruinas de su hogar, no lejos del epicentro de L’Aquila. ¡Pero la encontraron! Y cuando la anciana fue puesta a salvo entre las aclamaciones del gentío expectante, alguien le preguntó qué había hecho para pasar las horas mientras aguardaba el rescate con esperanza. «Bueno, ¡ganchillo, naturalmente!». Se le vino el mundo encima todo a su alrededor, pero la matriarca de 98 años sobrevivió con una aguja de ganchillo, un ovillo de hilo y un corazón lleno de esperanza.
Ni siquiera un terremoto puede sepultar la esperanza. «De pronto hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo y, acercándose, removió la piedra y se sentó sobre ella» (Mat. 28: 2). Sus enemigos podrían haber amontonado mil montes como el Everest encima del sepulcro de Jesús en el huerto, pero habría dado igual, porque ni siquiera un terremoto puede enterrar la esperanza. Y cuando salió de aquella cripta agitada por el temblor y declaró sobre los escombros antes del amanecer «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11: 25), se garantizó para siempre la esperanza última de la humanidad. La muerte puede enterrarnos, pero la esperanza aún puede resurgir en el poder del Salvador resucitado.
¿Y cambian en algo las cosas para el sinnúmero de crisis que se nos echan encima, enterrándonos bajo su peso aplastante, que deja sepultadas tanto la vida como la esperanza? Emocional, económica, social, física, espiritualmente, puede que te sientas ahora mismo enterrado entre los escombros. Sin salida del desplome, sin esperanza de rescate, sin promesa de resurrección. Pero no repitas el error de cálculo de los once discípulos que descuidaron tener en cuenta el poder de la omnipotencia divina en su crisis. Porque solo después descubrieron que, con independencia de lo pesada que sea la roca que nos sepulta, el Cristo resucitado puede hacerla rodar.
Así que pon el dedo en esta promesa de resurrección y «haz ganchillo» de tu futuro con una nueva esperanza: «Dios […] puede hacer muchísimo más de lo que nosotros pedimos o pensamos, gracias a su poder que actúa en nosotros» (Efe. 3: 20, DHH).
lunes, 20 de junio de 2016
Devocional para Adultos 20 de Junio del 2016
Devocional para Adultos
20 de Junio del 2016
Historia de tensiones gemelas
«Muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, recién salido el sol. Pero decían entre sí: “¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”». Marcos 16: 2, 3.
EL MUNDO CONOCE la célebre introducción de la novela de Charles Dickens Historia de dos ciudades: «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos». Alguien estampó estas palabras en una camiseta: «Decídase, Señor Dickens. ¿Era el mejor de los tiempos o el peor de los tiempos? Difícilmente podría haber sido ambas cosas».
Pero, por supuesto, realmente puede ser ambas cosas, ¿no te parece? Viviendo como vivimos en un mundo de tan clamorosos contrastes —opulencia y pobreza, formación académica y analfabetismo, Oriente y Occidente, creación y evolución, esperanza y desesperanza, fe e incredulidad, vida y muerte—, ¿no luchamos todos con la a veces sofocante tensión de intentar armonizar nuestro desequilibrio o, al menos, de darle apariencia de cordura? «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos». Realmente lo fue para las mujeres que se dirigían al sepulcro temprano aquella mañana de domingo: Está muerto, no lo está. Y realmente lo es para nosotros, que también recorremos el inevitable camino al sepulcro: Viene pronto, no lo hace.
Entonces, ¿cómo viviremos los que estamos atorados en algún punto entre el tiempo del fin y el fin del tiempo? En una ocasión, el autor estadounidense llegó a esta conclusión: «La prueba de una inteligencia de primera fila es la capacidad de tener en mente dos ideas opuestas a la vez y seguir manteniendo la cordura». ¿Qué pasaría si retocásemos esa frase así?: La prueba de una fe duradera es la capacidad de tener en mente dos ideas opuestas a la vez y seguir manteniendo la capacidad de confiar. La vida es difícil… Dios es amor. Tengo temor… tengo fe. Dudo… confío. Peco… Cristo salva. Descenderé a la sepultura… él volverá por mí. La fe duradera es la necesidad de tener en mente dos ideas opuestas a la vez y, pese a ello, mantener nuestra confianza en Dios.
«Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Cor. 15: 22). Dos ideas opuestas, una confianza: sí, moriremos; pero sí, en Cristo todos podemos volver a ser vivificados. Y por eso no nos entristecemos como «otros que no tienen esperanza» (1 Tes. 4: 13). Porque confiamos en él. Confianza. Sin ella, los elegidos carecen de esperanza y de elección. Pero por la resurrección de Cristo podemos tener esperanza, podemos confiar, podemos elegir. «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos». Pero elige tú a Jesús hoy de nuevo, y la promesa es segura: la piedra será removida.
20 de Junio del 2016
Historia de tensiones gemelas
«Muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, recién salido el sol. Pero decían entre sí: “¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”». Marcos 16: 2, 3.
EL MUNDO CONOCE la célebre introducción de la novela de Charles Dickens Historia de dos ciudades: «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos». Alguien estampó estas palabras en una camiseta: «Decídase, Señor Dickens. ¿Era el mejor de los tiempos o el peor de los tiempos? Difícilmente podría haber sido ambas cosas».
Pero, por supuesto, realmente puede ser ambas cosas, ¿no te parece? Viviendo como vivimos en un mundo de tan clamorosos contrastes —opulencia y pobreza, formación académica y analfabetismo, Oriente y Occidente, creación y evolución, esperanza y desesperanza, fe e incredulidad, vida y muerte—, ¿no luchamos todos con la a veces sofocante tensión de intentar armonizar nuestro desequilibrio o, al menos, de darle apariencia de cordura? «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos». Realmente lo fue para las mujeres que se dirigían al sepulcro temprano aquella mañana de domingo: Está muerto, no lo está. Y realmente lo es para nosotros, que también recorremos el inevitable camino al sepulcro: Viene pronto, no lo hace.
Entonces, ¿cómo viviremos los que estamos atorados en algún punto entre el tiempo del fin y el fin del tiempo? En una ocasión, el autor estadounidense llegó a esta conclusión: «La prueba de una inteligencia de primera fila es la capacidad de tener en mente dos ideas opuestas a la vez y seguir manteniendo la cordura». ¿Qué pasaría si retocásemos esa frase así?: La prueba de una fe duradera es la capacidad de tener en mente dos ideas opuestas a la vez y seguir manteniendo la capacidad de confiar. La vida es difícil… Dios es amor. Tengo temor… tengo fe. Dudo… confío. Peco… Cristo salva. Descenderé a la sepultura… él volverá por mí. La fe duradera es la necesidad de tener en mente dos ideas opuestas a la vez y, pese a ello, mantener nuestra confianza en Dios.
«Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Cor. 15: 22). Dos ideas opuestas, una confianza: sí, moriremos; pero sí, en Cristo todos podemos volver a ser vivificados. Y por eso no nos entristecemos como «otros que no tienen esperanza» (1 Tes. 4: 13). Porque confiamos en él. Confianza. Sin ella, los elegidos carecen de esperanza y de elección. Pero por la resurrección de Cristo podemos tener esperanza, podemos confiar, podemos elegir. «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos». Pero elige tú a Jesús hoy de nuevo, y la promesa es segura: la piedra será removida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



